viernes, 8 de noviembre de 2013

El collar (un cuento)

Me dan lástima los que pierden su vida en las trivialidades que encuentran en los supermercados. Para este tipo de gente, la épica son las historias de aquellos héroes que aprovechan la oportunidad de alguna promoción.  Se maravillan frente a los precios, se extasían con los pasillos pletóricos de tiendas y todos quieren ser tan auténticos como los modelos de las vallas publicitarias. He tenido compasión por uno de mis más queridos amigos, quien se encuentra hundido en desamor y estando yo en su apartamento me dice que gracias a que no tiene novia ahora puede ahorrar para darse grandes gustos. No vayan a pensar mal de mí, creo en los placeres como sé qué muchos de ellos no se consiguen gratis, pero haber visto a mi amigo levantar una botella de jabón líquido para ropa y un suavizante, mientras afirmaba que esos eran sus nuevos placeres, causó en mí una decepción fría. Yo lo felicité por su compra, le di una palmada en la espalda y sonreí a la cámara, porque así llegué a sentirme, como en un set de grabación, con la cara manchada con maquillaje e hipocresía. Bueno, un poco de apoyo en estos momentos de soledad trágica no viene mal de un amigo, pero confieso que no soy bueno actuando, lo que me da asco retuerce mi estómago y no puedo evitar retorcer mi rostro. Seguro mi amigo se habrá percatado del asco en mi rostro.

Mi amigo se llama Armando y vive en un apartamento que comparte con Sergio. Los tres nos conocemos desde jóvenes, sin embargo no es que seamos muy viejos, ninguno pasa de los treinta y yo aún me siento torpe para afrontar las cargas laborales y cualquier tipo de responsabilidades. Soy un inepto, lo sé. Prefiero quedarme en casa sin hacer nada. No tengo televisor pero puedo perder horas leyendo artículos de diversos blogs o escuchando rock, cualquier género dentro del rock está bien, desde los más rocanroleros clásicos, pasando por la lenta demencia del psicodélico, hasta la tortura a altas velocidades del trash o del black metal. Me encierro a escuchar música, dibujar algunos comics que publico en internet y no, no tengo gato. Lo digo porque no falta el que piensa que uno es un tipo duro pero sólo en apariencia y en el fondo es pura ternura. Esa es la gente a la que le falta perder la esperanza.  Pocos entenderán el valor del encierro. A mí me encanta no hablar con nadie por días: no tienen nada bueno qué decir y todo lo que me vayan a decir ya lo conozco. No ha habido nadie que me sorprenda con una buena conversación, casi todo lo que oigo son frases que la costumbre y el ritmo de vida hacen pasar por astutas o chistosas. Un guión para que todos sigan creyendo que son felices. Busco parejas que hablen como loras y no se callen. Ellas creen que yo las estoy escuchando con toda atención pero no hago más que suprimir su voz en un hilo de ruido que no interrumpe mis pensamientos. No soy antisocial, soy un tipo de pocos amigos, a los que visito de vez en cuando para entretener el exceso de soledad.

Armando vierte el líquido para lavar su ropa, mientras yo voy a al sofá de la sala a lidiar rápidamente con la decepción de lo que acababa de presenciar. Tengo que quitarme esa imagen de comercial de televisión en que mi amigo es el fracasado que está ofreciéndoles fracasos a los televidentes. Todo con una sonrisa. Yo lo puedo ver allá, en la cocina, a través de una ventana interna que la comunica con la sala. Es como una barra de bar pero sin tabla, sólo una pared de ladrillos en que Armando pone los juguetes plásticos que acompañan las cajas de Kellogs y un salero. De pie frente a la lavadora, mi amigo continúa hablándome sin que yo lo entienda. Me sonríe, suelta un chiste que no comprendo y la imagen de él levantando el suavizante con su mano hasta la altura de su cara me perturba. Ojala fuera capaz de reírme del chiste.

Una puerta detrás de mí se abre. Sergio entra a la sala, me saluda con un apretón de manos y se sienta frente a mí en una silla de madera. Tiene un collar. Él nunca usa collar ni ningún adorno en el cuerpo. Es un hombre parco. Dice que quiere probar cosas nuevas, aunque tenía el collar guardado en un cajón hace meses. Hoy se decidió a ser valiente, le digo. Hablamos un poco de todo y verlo me parecía extraño, pensé que ese no era mi amigo, un suplantador extraterrestre, cualquier cosa menos Sergio con un adorno ensortijándole el cuello. Unas bolas color arequipe y otras rojas, una tras otra hasta morderse la cola. Armando le dice que parece un recepcionista hawaiano y yo también me mofé de su apariencia. Las burlas crecieron hasta llenar el apartamento de carcajadas. Sergio ríe siempre como el hombre parco que es, una risa moderada y civilizada, en cambio, Armando y yo, golpeamos la mesa del comedor con nuestros puños. Quizá con nuestras risotadas podemos herir el orgullo de nuestro amigo, eso pienso por un momento, luego calmo esa compasión con más risa. No puedo evitarlo se ve como un completo imbécil.

Las risas van atenuándose cuando entra Sola, la novia de Sergio. Prefiero decirle “novia” es más fácil que llamarlos como lo que ellos pretenden ser: una pareja contemporánea en donde cada polo logra satisfacer sus demandas de independencia. Eso es un montaje para entrar suavecito y luego clavar bien duro. Quiero decir, ambos estuvieron de acuerdo en que el título de novios implicaría responsabilidades y compromisos que no están dispuestos a aceptar, pero es cuestión de tiempo para que ella se pare a exigirle. Oye, ya no salimos tanto a fiestas, te la pasas en tu casa, oye preséntame a tus amigos, oye ¿me estoy quejando mucho? Así son las mujeres, buenas estrategas. Sola había salido de la habitación de Sergio, no se veía despeinada ni con las ropas desacomodadas en su cuerpo. Se tomó su tiempo. Armando y yo la saludamos. Armando le pregunta si ella le regaló el collar arequipe a nuestro amigo. No, dice ella. Yo recuerdo, quizá, haber visto ese collar en el cajón de la mesita de noche, alguna vez que entré a la habitación de Sergio en busca de un encendedor. Puede que me equivoque con el recuerdo, pero igual lo afirmé como si mi memoria no fuese la traidora que es conmigo. Sergio lo confirma. Claro, alguna vez lo compró en unas vacaciones en que quería aparentar ser un hombre más rudo. ¿Rudo eso?, Armando no puede evitar revivir un poco la risa.

Me pareció escucharlos que estaban planeando un paseo, cortó Sola y se sentó en las piernas de Sergio. Sí, estamos viendo si podemos salir desde temprano al bosque que queda a las afueras de la ciudad, basta un bus que nos lleve y nos traiga. Recuerden que hay que llevar comida y buen trago. Yo no pude dejar de pensar en el collar pero dije algo así como que lleváramos tequila. Hay un tequila que viene con un collar de regalo. ¿Y qué más van a hacer, chicos?, pregunta la única mujer que interviene en ese espacio masculino. Recuerdo que sugirió diversos planes, pueden hacer esto, podemos hacer aquello y con un poco más de dinero se puede comer delicioso. Ven lo que les dije, una mujer es una estratega ¿”Podemos” hacer aquello? Con la sutileza de una palabra insinúa que ella puede ser invitada para este domingo. Sola seguía hablando, ya no sé de qué, pero eso me da permiso para pensar. Habla tanto que me da permiso para pensar que podría ser una mujer para mí. Mejor no, tanto palabrerío esconde su malicia, sé que nos quiere humillar a todos y pretende ser la mejor amiga de los amigos de su “novio”. Comienzo a sospechar que en realidad ese collar es un regalo de ella, claro, y por eso se demoró en salir a la sala a charlar con nosotros. Primero que su novio salga y hable con los amigos, para que haga ambiente sin intervención de un agente externo, crear un poco de naturalidad y entonces Sola puede entrar ¿Eso no es malicia? Es perversa. Esperó a ver qué decían los amigos sobre el collar, pero Sergio no podía confesar que es un regalo. Perversa.

Puede que sea imaginación mía atribuirle a Sola una gran carga de maldad que sabe disimular con las palabras, pero se muestra tan interesada en los asuntos de los amigos que eso me hace sospechar. Habla con seguridad y naturalidad, se esconde bajo una apariencia de quien sólo quiere escuchar, cuéntenme todas sus penas, sus planes, sus chistes, yo no los juzgaré porque son los amigos de mi Sergio. Yo estoy ensimismado en estas sospechas mientras Armando, Sergio y Sola continúan la conversación. Este tipo de cavilaciones me aíslan siempre: de pronto, en medio de una batalla, algún detalle me abstrae y ahí donde me agarró el pensamiento, ahí quedé inmóvil. ¿No han notado que una conversación cualquiera, pueden ser dos o cinco personas, no importa quiénes, es una batalla? Eso me aterra un poco, en verdad. La lucha de egos afila cada palabra para hacerla participar en un diálogo que se supone es el encuentro pacifico de las personas. No tienen que decir groserías ni alzar la voz, puesto que cada uno carga una intención que esconde como un puñal pero a toda costa quiere imponerla.  El comercio de palabras me amedrenta.  Incluso entre mis amigos, puedo conocerlos, pero jamás explicitan sus intenciones y yo siempre estoy intentando sacarlas a la luz, necesito comprenderlas para poder operar bien en el mundo humano. Si actúo en lo solapado y oculto, pues no estoy actuando bien. Así de asustado me siento en esta conversación con Sola quien tiene una linda cara para esconder mejor sus intenciones verdaderas ¿Quiere que la invitemos a nuestros planes? ¿Solo quiere escuchar cualquier cosa que tengamos por contar? Para mí, este apartamento es un espacio en que puedo relajarme, entonces, mejor me calmo la cabeza e intento charlar con todos.

Cuando levanté la cara para participar del jolgorio de palabras, improvisar algún chiste y burlarme un poco más del collar ese, entonces Sergio y Sola estaban en la puerta despidiéndose. Se despidieron. Lo último que vi de ellos antes de que cerraran la puerta fue que Sola cambió de una sonrisa a un gesto serio que se fijaba sobre Sergio como subrayándole algo. Algo será. Puede que le esté diciendo lo sosos que son sus amigos o que le hace falta comprar papel higiénico. Lo que sea. Le pregunto a Armando adónde fueron ellos. Él me responde que ya vienen, van a comer pizza ¿Y no nos invitaron?, pregunto yo.  Sí, sí nos habían invitado pero yo estuve todo ese tiempo en alguna nebulosa y porque no respondí ni levanté la mirada pensaron que no tenía hambre o no tenía dinero para comer fuera. Yo tampoco tengo hambre, me dice Armando. Le pregunto a mi amigo si lo que yo estuve sospechando es cierto y me dice puede ser, llegó a meter el tema del paseo de inmediato, quizá quiere ir pero no sé. Me dice además que si es así, mejor no la invitemos, se trata de un paseo entre amigos sin novias. Armando espera que Sergio entienda que el despecho que está pasando es una circunstancia frágil que necesita compañía de sus más íntimos, son cuidados que recibe uno de la amistad y que, por tanto, ella no cabe en el paseo. Ahí tienen ustedes, es la intención de él ¿Ahora qué hago ya que la sé? Pues halar para ese lado puesto que me parece una justa causa.

Armando lleva una semana sin poder dormir. Su orgullo no le permite confesarme que está pasando un mal rato debido a la mujer que tuvo por novia y que siempre me calló mal a mí. Una engreída. Me dice unas pocas palabras sobre sus pocas horas de sueño y yo concluyo que esa engreída no lo está dejando dormir. No sé bien cómo, puede ser peleas largas en internet, llamadas que cumplen el papel de un ritual de despedida, recuerdos insistentes o el peso de la ruptura después de casi dos años de amores. Me gustaría golpear a la engreída. Bueno, para que no me acusen de machista violento, me gustaría ofenderla con inteligencia y sutileza. Perra. Armando cambia el tema y dice que quiere estar con sus dos amigos, al mediodía del domingo, ebrio en un bosque, jodiendo a la gente y gritando estupideces. Hágale, le digo. Quedamos en silencio. Él teclea frente al computador portátil y yo veo en su cara que está discutiendo con la engreída, se nota cómo piensa cada palabra, quiere ser detallista en sus intentos por despedirla finalmente. Yo prefiero un portazo antes que ponerme en esa diplomacia. Pobre Armando, abandonado y con un amigo que no sabe darle consejos de ánimo porque se queda averiguando en su inteligencia las intenciones de los demás. Eso no puede ser bueno para mí, escudriñar siempre las intenciones de los demás ¿Y dónde dejo mi propia intención?

Sergio y Sola vuelven cada uno con una pizza en una bolsa blanca. Comen y Armando les pide un par de mordiscos. Seguro no ha comido en días por la depresión. Esta vez puedo entablar una conversación normal con Sola, hablamos sobre su trabajo y mi vagancia, yo me reía de mi inutilidad y ella me miraba como una mugre social. Pero reía conmigo. Armando seguía tecleando atontado frente a su computador portátil. Sergio decidió cocinarle unos huevos a Armando, se los trae y se si sienta junto a Sola. Charlamos gracias a que logro no desconcentrarme. Sin embargo en un punto me percato que estoy llevando la conversación, moviendo mis labios, sin mirar a los ojos de nadie. No quitaba la mirada del collar arequipe y en mi conciencia sonaban voces, detrás de la voz principal que era la que llevaba la conversación, que se burlaban del colgandejo ese.  Decidí dejar de ser tan abstraído y me concentré en el rostro de Sergio que me estaba hablando de unos audífonos que quería comprar. Lo vi seguro de sí mismo, sonriente, llevando el collar como si fuera su nueva actitud ante la vida y con eso calmé mi conciencia risueña. Por supuesto, todos sufrimos transformaciones y queremos que se noten, no con cicatrices rituales en la cara o encierros monásticos, pero algo que la gente note; hey, ese tipo tiene algo diferente, tiene que ser un hombre nuevo. La diferencia es que ahora utiliza pantalones apretados, se hizo un arete, viste de color verde o tiene un collar, pero el significado es una profunda conversión del alma. Y podemos encontrarla en supermercados. Pensar en esas particularidades de nuestra época me tranquiliza y me convence finalmente de que mi amigo compró ese collar en un acto de valentía frente a sí mismo y que Sola no es tan perversa como mis cavilaciones intrincadas sospechan. En realidad, la escena no guarda ningún misterio: un hombre sentado estrenando un collar junto a su tierna pareja, otro lavando ropa como todos debemos hacerlo y un amigo que los visita. No es más. Ninguno guarda intenciones debajo de la manga porque no son sino personas superficiales que comen y defecan a la misma hora, que aman por rutina y piensan que el futuro será mejor.

Yo comenté entonces que estaba dibujando un comic con colores. Usualmente no coloreo pero quise hacer una historieta de unas diez páginas hechas con trazos infantiles y creo que mis amigos podrían ayudar, confío en su imaginación y en que sepan manejar un crayón como niños de seis años. Es un buen plan para el domingo, dice Sergio. Armando dice que tiene crayones y un par de ideas estúpidas que quisiera plasmar. Excelente. La conversación se anima y los amigos comenzamos a arrojar ideas para dibujar, cosas absurdas como penes sónicos y terrorismo de babosas. Creo que Sola dijo algo. Sergio propuso llevar al paseo un balón de futbol y yo le dije que no sé más que patear personas pero que lo intentaría. Usted es una nena que no sabe de futbol, me dice Armando. Y así continúan los dos burlándose de mi falta de pericia con los deportes de masas hasta que Sola se pone en pie, le dice a Sergio nos vemos la otra semana y se va del apartamento. Cerró la puerta con sutileza ofensiva.  Los tres amigos nos quedamos en silencio. Sergio camina hasta su cuarto, deja el collar sobre la mesa del comedor y se encierra con música a todo volumen. Armando teclea con demencia en su portátil.


1 comentario:

  1. ¡me gustó mucho! así pienso yo un poco y me sentí identificada. saludos

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