domingo, 16 de julio de 2017

Latinoamérica: viajar por el camino del llanto

¿Quiénes somos los latinoamericanos? ¿Podemos revivir el valor de los pueblos originarios usando una mochila tejida? El pintor Guayasamín viajó desde México hasta la Patagonia no por placer turístico sino por descubrir el dolor del negro, el indígena, el mestizo, y concluir que el canibalismo es nuestra mejor expresión. 


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¿Quiénes somos los latinoamericanos? Cuando escucho a tantos inocentes que certifican que Latinoamérica es "fiesta y sabor", recuerdo a Oswaldo Guayasamín y les digo que se limpien la mancha blanca de cocaína de las narices. Guayasamín dice lo contrario: somos dolor. ¿Qué otra cosa permanece en un continente que aún busca su identidad?

¿Somos el paisaje? Si llevas una vida sedentaria, el paisaje frente a ti siempre será el mismo. En cambio, para el viajero el paisaje es nómada.  La niebla del páramo camina para ser desierto. La llanura deja de ser inagotable cuando se tropieza con la sierra. La montaña descansa sus pliegues en la playa. La inhóspita selva oculta ciudades. Las casas trepan altos picos y los volcanes son un transeúnte más del pueblo.

En Latinoamérica el paisaje nunca es el mismo y, si la naturaleza llega a repetirse, sus habitantes no lo hacen, no duplican las formas de vida. El gaucho de las pampas patagónicas no es el mismo llanero venezolano, ni el costeño colombiano es el mismo costeño ecuatoriano.  El desierto de Sonora no es el desierto de Atacama, tampoco se habitan de la misma manera. Un cierto tipo de clima no produce un cierto tipo de personas.

¿Somos los pueblos originarios que regían antes de la Conquista europea?¿Por qué no regresamos a las tradiciones antiguas? No podemos. Es imposible comprender la vida de las culturas de las que sólo tenemos fragmentos inconexos. El contexto cultural que permitía leer el arte precolombino ha sido aniquilado. Podemos ver la orfebrería y los dibujos sobre paredes en ruinas, pero éstos ya no tienen sentido. Ese universo pintoresco del indígena precolombino se acabó.

Algunos artistas han intentado prolongar el arte precolombino y fracasan. No resulta más que una etapa pasajera en sus obras. Guayasamín, consciente de esta imposibilidad, interpreta y transforma las ruinas del arte precolombino y las mezcla con la tradición de arte europeo. Sabe que no puede reproducir las máscaras precolombinas pues su significado religioso original se ha perdido para siempre. Sin embargo, aplica la misma técnica de abstracción a un contexto no religioso sino netamente humano.

Si un artista quiere pensar Latinoamérica a partir del arte precolombino, su tarea es reinterpretar las ruinas a partir del mestizaje que ahora somos. En el momento de la creación no hay materia prima pura.  De esta manera, Guayasamín no reproduce los dibujos precolombinos sino que intenta aprehender algunos principios de su concepción artística a partir de su educación en arte europeo clásico y vanguardista.

El resultado de esta digestión es una fuerza expresiva propia de América Latina. He ahí el mestizaje, el canibalismo cultural que nos identifica: lo europeo no lo dejamos intacto, lo enriquecemos; lo raizal no puede ser puro jamás, menos en el momento de crear.

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"Niños muertos"
No somos paisaje, no podemos regresar a las tradiciones precolombinas ¿Dónde podría estar entonces la identidad de América Latina? Guayasamín notó la huella del dolor en los rostros de hombres y mujeres a lo largo del continente (hoy puede verse también en los paisajes despojados).

En la década de 1940, Oswaldo Guayasamín emprendió un viaje desde México hasta la Patagonia, a partir del cual pintó una serie de cien cuadros, titulada Huacayñan, que quiere decir el camino del llanto o el llanto sin lágrima. La serie está compuesta por tres protagonistas: el indio, el negro y el mestizo. Los habitantes de nuestra América.

Por supuesto observó las costumbres de la gente, las comidas y la vestimenta, los instrumentos y los bailes, sin embargo nada de esto hay en sus lienzos. Aquellos que hoy se visten con telas de patrones indígenas o ven en la falda de la cholita la trinchera de nuestra identidad se han quedado estancados en la vitrina de lo accesorio y lo anecdótico. Para Guayasamín, nada de esto es la identidad latinoamericana.

¿Qué queda de nosotros entonces? El método del pintor ecuatoriano consiste en la reducción a lo humano:

"El indio no es un poncho, un sombrero mexicano, unas ojotas. Cuando pinté Huacayñan lo puse desnudo para mostrar que es, ante todo, un ser humano, y no el hombre típico de un sitio exótico."

Sus pinturas son cuerpos desnudos, algunos apenas cubiertos con un velo opaco, despojados de cualquier exotismo, paisaje o elemento cultural accesorio. Son cuerpos vulnerables, nunca alegres, siempre sufrientes o aterrorizados, sugeridos solamente por el gesto del rostro y las manos, arrodillados y suplicantes luego de la catástrofe, desfigurados por la injusticia.

Los cuerpos desfigurados de Guayasamín sugieren una breve reflexión. La violencia, tan humana ella, nos hace monstruos, nos hace perder nuestra frágil humanidad. Víctima y victimario son deformados. La víctima es un objeto que, como cualquier otro, puede ser eliminado de nuestro camino. El victimario, que en su arrogancia se ubicó a sí mismo sobre los demás, ha roto los lazos humanos que lo definían como tal. Hay que ver lo desfigurados que son los rostros que Guayasamin pinta en la serie posterior "Reunión en el Pentágono" para darse una idea de lo monstruoso que son los perpetradores del horror.

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"Reunión en el Pentágono"


"La mayoría de los cuadros que he pintado representan la lágrima y el hueso (...) Hay ese contraste entre la permanencia del hueso y la fugacidad de la lágrima que se evapora, se seca, pero que solidificada dura tanto como el hueso. He suprimido prácticamente todo lo que no sea el hueso y la lágrima."

Esa lágrima, antes tan efímera, se ha perpetuado en las pinturas de Guayasamín que muestran el dolor como médula de la historia de un continente. América Latina es el camino del llanto. No hay pintura que consigne alguna de las victorias de nuestra historia, tampoco a nuestros héroes y esto por una razón: luego de esos procesos de gran orgullo y celebración para nuestras naciones, como lo fueron las independencias, los actores humildes de estas gestas siguen igual hoy que hace quinientos años. Nada ha cambiado para ellos. Esta es la inmovilidad de nuestra América.

A diferencia de Orozco, Siqueiros y Rivera, pintores mexicanos que sermonean con sus obras e idealizan el sujeto político que traería un nuevo porvenir, Guayasamín no subordina el dolor a un programa político, no lo instrumentaliza a favor de un partido o secta, lo expone desnudo como súplica, llanto, grito, lamento.

Por supuesto que es político el dolor que exige redención.  La hermandad de los oprimidos no la da un programa político que proyecta un futuro, sino el descubrirse vulnerables en un pasado de sufrimiento común. El sufrimiento no es el reclamo de un partido político, ni siquiera de un continente, pues si somos consecuentes hay que decir que es de la humanidad entera, y quizá por ello Guayasamín pintó "La edad de la ira", una serie sobre los sufrimientos de otros continentes.

El siglo XXI ha despertado con el rugido de la xenofobia, el racismo y la homofobia: las enfermizas maneras en que el ego se defiende con violencia. Quizá hay que medicar mestizaje y canibalismo cultural para aliviar estos egos monstruosos que niegan lo fundamental: la participación del otro y lo extraño en la construcción de la propia identidad.

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Y UNA CHACARERA PARA EL CAMINANTE DE LATINOAMÉRICA:




NOTA: la investigación se basa principalmente en el libro de Jorge Enrique Adoum "Guayasamín: el hombre, la obra, la crítica" (1998).

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