lunes, 2 de noviembre de 2020

La sombra de Indali, un cuento sobre la oscuridad


La sombra de Indali
Ana Mardoquea

¿Cuánto pesa un poquito de luz o un puñado de oscuridad? Parece extraño, porque las sombras son apenas una mancha de negrura que no podemos tocar, no dejan huella a su paso. Desde su cama, Indali se pregunta cómo las personas que caminan frente a su ventana sonríen y brillan sin asomo de sombras bajo sus pasos. Con una mano levanta la sombra de una manzana que utiliza como pisapapeles, tiene cuidado de que ninguna hoja se le vaya a caer al suelo. A la luz de una vela, lee poesía e imagina los pájaros que nunca ha visto. Piensa que está de cacería. Si captura un verso o un pájaro, lo dibuja en la pared. Pero es incapaz de subir la mirada para contemplar la belleza que ha pintado. Con el peso descomunal de su sombra, arrastra su cuerpo como cargando una vaca sobre los hombros, cierra la ventana de un golpe y se mete al baño. Observa las gotas de la ducha que caen por el lastre de su pequeña sombra. Las burbujas de jabón caen como guijarros que persiguen su sombra. Cuando se mira al espejo, su mirada es esquiva porque no encuentra palabras para decir lo que ve. Detrás, su sombra gigante cambia de forma, es una ceiba, es un monumento, es una jungla devorada en la penumbra de su habitación.

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Solo sale de su casa a mediodía, porque con el sol en lo alto es fácil ocultar su sombra bajo sus pies ¡Qué vergüenza sería que alguien viera esa mancha deforme! Camina al parque para recoger las flores que caen a la tierra por el peso de sus sombras marchitas. Las colecciona en un lindo álbum que guarda bajo su cama. En el momento en que el sol comienza a buscar el atardecer, quizá porque el sol también tiene una sombra que lo hace noche, Indali regresa a casa con la mirada pegada a sus pies, con cuidado para que nadie mire su oscuridad vergonzosa. Nunca se le ha hecho tarde. Sabe que una leve inclinación del sol haría crecer su secreto y se asomaría monstruoso a los ojos de los demás, su peso aumentaría y quizá no podría regresar a casa con tanto bulto.

Un día Indali encuentra en el parque una flor con una sombra diferente. Es hermosa y profunda, con delicados pétalos negros. Antes de agacharse para recogerla, descubre otros pies. No sabía que eso podría pasar. Los nervios la hacen temblar, y de pronto una voz que parece venir de esos otros pies:

–Es una sombra extraña, ¿verdad?

–¿Quién eres? – dice Indali con timidez.

–¿Has visto la sombra del viento?

–Sí, es escurridiza.

–Entonces sabes mucho sobre la oscuridad, yo también.

–Yo no tengo oscuridad.

–Me llamo Chairá, ¿y tú?

–Indali.

–¿Has visto la sombra de la luna?

–No, no salgo de noche.

Así, conversando mientras se miran los pies el uno al otro, se les hace tarde. El sol baja y las sombras se alargan. Chairá alcanza a observar cómo se estira la sombra de Indali por el césped, y dice:

–Tienes una sombra bonita.

Indali no sabe qué hacer. Corre ruborizada a su casa, sin despedirse ¿Por qué se ha expuesto así? Bajo sus cobijas no deja de pensar en que no sabe explicarle a nadie porqué su sombra es cambiante y deforme. No hay explicación, su sombra solo es así, durante un momento es cocodrilo, luego es una maloca, luego un almendro. Después de tanta inquietud, recuerda que también ha visto la sombra de Chairá. Es una sombra insólita, como la de esa flor que ambos querían recoger.

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Durante un par de días Indali no sale de casa. Hasta que advierte que aquella flor de sombra inusual hace falta en su colección. Al mediodía sale a buscarla y de nuevo se encuentra con esos otros pies.

–Te he estado esperando dos días.

–¿Por qué no te llevaste la flor rara?

–La cuidé para ti.

–¿Sabías que vendría?

–No, pero quería invitarte a ver la sombra del mundo.

–¿Cuándo?

–Esta noche.

Esa noche Chairá toca a la ventana de Indali. Salen juntos a las afueras del pueblo y sus pies se acompasan con el canto de los grillos. Indali está en calma con el silencio de Chairá y Chairá está tranquilo con el silencio de Indali. Suben una colina, se acuestan sobre el césped y juegan a unir estrellas mientras llega el momento. La luna desprende una vaporosa luz azul. Por sus frentes pasa un pensamiento como una nube: ¿habrá algo en el mundo que no tenga sombra? Indali suspira, a veces desea ser esas personas de luz que caminan frente a su ventana.

–Esta noche hay eclipse de luna– dijo Chairá.

–¿Qué es eso?

–Cuando la tierra se entromete entre el sol y la luna.

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Justo en ese instante la luna deja de brillar y una sombra maravillosa se posa sobre ella, es la sombra de la tierra. Ante los ojos deslumbrados de Indali y Chairá, todas las sombras del mundo reunidas en un gigantesco círculo negro, cada persona y cada cosa apenumbrada, nada ni nadie puede ocultar en ese momento su oscuridad. No hay nada oculto a sus ojos. Entonces Indali y Chairá se miran mutuamente el rostro, ambos observan la noche y el día en el rostro del otro, ambos se reconocen como un juego de luces y sombras.

En silencio, esperan el amanecer.

Fin.


OTRAS RECOMENDACIONES DE MARDOQUEA:

-Virginidad, modestia y sumisión: un cuento sobre una joven escritora

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-¿Por qué matar? La religión, el amor y la muerte según Hemingway

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domingo, 7 de junio de 2020

VIRGINIDAD, MODESTIA Y SUMISIÓN


La verdad era que no deseaba portarme sino de acuerdo con lo que se esperaba de mí. 
Ir contra la corriente me destrozaba.
Elisa Mújica

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En abril de 2011 Mónica García supo que no volvería a ver a su primo. La imagen persistente de la policía descolgando el cuerpo del techo del baño se borraría con el tiempo. Seguro pasaría lo mismo con todo lo que había aprendido de él, pero no esperaba que su padre le prohibiera cualquier encuentro posterior con los libros. Los libros de Luis Alberto, que eran como suyos. Juntos leían en el parque y volvían a casa antes del anochecer. Nada tan cautivador, decían los profesores del colegio. Mónica, vestida aún con la jardinera y los zapatos de cuero, se sentaba a oír las ideas excéntricas que el primo traía de la universidad. Durante las comidas, Luis Alberto discutía de política con su tío –el padre de Mónica–, siempre respetuoso y a la vez crítico de los pensamientos del viejo, y después se encerraba en su habitación a estudiar.

Tras su muerte, lo único que podría permanecer de él eran los libros que leía con obsesión. Sus ropas fueron destinadas a la caridad. Los cuadernos en que escribía poesía fueron enviados a la madre en Aguachica. Vendieron el computador y el celular para pagar parte de los servicios fúnebres, así como la cama y el escritorio. Desaparecía. Y acabó de desaparecer, no cuando agentes del CTI cargaron el cadáver a la ambulancia, sino la tarde en que un reciclador se llevó las cajas de libros que esperaban arrumadas para ser vendidas por peso. En la mesita de la sala, junto al florero sin flores, quedó la Biblia como la única lectura permitida por la autoridad del hogar.

Luis Alberto le confesó a su prima que su anhelo era ser escritor. Había venido de Aguachica a Bucaramanga, en el 2008, para estudiar literatura en la Universidad Industrial de Santander. El padre de Mónica y hermano de la madre de Luis Alberto, Víctor García, lo recibió en su casa en el barrio La Joya y fue el único hombre que confiaba a su hija. No le permitió tener más amigos varones hasta los dieciocho años. Mónica tampoco tuvo muchas amigas. Era tímida, y una vaga intuición de que era distinta la aisló todavía más. Tuvo la seguridad y el gozo definitivo de su soledad cuando Luis Alberto le habló por primera vez de los poetas. Lo veía escribir sus propios poemas y siempre le reclamaba que cómo se atrevía a aspirar a ser tan grande como esos hombres. Al principio –tendría doce años– creía que escribir era oficio de hombres, además adinerados y europeos, y que su primo era un tonto soñador. Hasta que él le habló de mujeres escritoras. Gabriela Mistral, Anaïs Nin, Alejandra Pizarnik... Mónica quiso revelar entonces su deseo, ya no tan discreto, de ser como ellas, de estudiar en la universidad como su primo y dedicar su vida a las letras. Fue entonces que Luis Alberto se suicidó. Toda la culpa de su muerte se la llevaron los libros, y nadie quiso preguntar más.

De la cacería de brujas que libró su padre, rescató dos libros que escondió entre el colchón y las tablas de la cama. Uno de sor Juana Inés de la Cruz y una antología de poesía romántica con sus poemas favoritos de Novalis y Hölderlin. Cada noche leía y escribía en secreto, escondida bajo las cobijas e iluminada por una pequeña linterna. Si oía pasos frente a su puerta, apagaba la linterna y hacía que dormía. A veces se quedaba dormida. Otras veces el miedo no la dejaba dormir. Escribía asustada por las amenazas que su padre profería contra la poesía –maldita y demoníaca–, cada vez que escuchaba la emisora cultural. Leyó los mismos libros tres o cuatro veces. En la repetición de los versos y en sus intersticios creía ver, como una aparición, la posibilidad de ser escritora.

En la Navidad de 2012, sin embargo, escribió su último poema. Se durmió escribiendo un soneto dedicado a Luis Alberto y despertó a la mañana siguiente, con su padre sentado a los pies de la cama. Víctor se había levantado a la madrugada para asistir a la novena de las cinco y entró en la habitación de su hija para invitarla. La descubrió durmiendo abrazada a un libro. Soportó la ira hasta que ella despertara y, una vez la vio sentada en la cama, la abofeteó con el libro y la arrastró al patio para que viera arder en el fuego los cuadernos en que había escrito sus versos. Mónica se resignó. Después de todo, ¿quién había oído hablar de una escritora bumanguesa?

***

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Ese mismo año conocí a Mónica, quien, cinco años después, en 2017, me presentaría a Elisa Mújica, una escritora santandereana. Parece que ningún obseso de archivos polvorosos, ningún ratón de biblioteca y especialista en literatura colombiana –que son cinco pelagatos– ignora que Elisa Mújica fue de las mejores escritoras colombianas del siglo xx. Sin embargo, su voz permanece apagada y reprimida, como lo estuvo en vida. Su escritura escampa en la clandestinidad y no por falta de fuerza o belleza. Y así ha vivido Mónica. Parece repetir su historia: la de una escritora nacida en 1918, la de un canto en tierra de sordos.

Mi amistad con Mónica ha sido sencilla y esporádica. Tenían que cruzarse dos desprevenidas casualidades para que nos encontráramos. Primero, que yo estuviera en Bucaramanga, y luego, que ella convenciera a su padre de que Mórdor –el perro de la familia– necesitaba paseos más largos por el bien de su salud. Era la única manera para que Mónica caminara por la ciudad una tarde entera, sin ninguna presión. Así que nos veíamos a intervalos de seis meses por lo menos.

Quedábamos en el parque García Rovira, donde solía escuchar las lecciones de Luis Alberto. Ella esperaba sentada junto a un perro beagle que extendía sus orejas por el suelo amarillo. El sol de las dos de la tarde amodorraba. Nos saludamos y subimos por la carrera 36, caminando lento y desviándonos de un parque a otro.

—¿Ha descubierto algo nuevo? —le pregunté.
—Tiene que leerla; Elisa Mújica me encanta.

Mónica, apasionada, me habló de la escritora. Nació en Bucaramanga en 1918 y casi alcanza a vivir el siglo entero. Vivió en Bogotá, Quito y España. Fue la primera mujer colombiana gerente de un banco y entró con honores a la Real Academia de la Real Academia Española. Parecía rebosar en logros y en libros escritos –novelas, cuentos, ensayos–. Mónica no entendía por qué nadie en la ciudad la conocía.

—He preguntado por ahí por ella, como entrevistando a ver qué, y me han dicho que creen haber escuchado su nombre. Les digo que fue una mujer importante y me responden: “Ah sí, fue una maestra, ¿o una política? Sí, era una de esas corruptas”.
—¿Y usted cómo llegó a ella?
—Por una amiga de Luis Alberto de la universidad. Tatiana. Casi no salgo con ella: está loca. Creo que también escribe. Vive fumando y bebiendo por las noches. Yo no puedo hacer eso.

Cruzamos hacia la derecha, en dirección al parque Simón Bolívar. El perro se cagó frente a la estatua del Libertador, y Mónica limpió con una bolsa plástica. Mónica cambió de tema, intimó consigo misma en voz alta.

Después de meses de discusión, convenció a su padre de que se matricularía en la universidad. No podría, sin embargo, elegir la carrera por gusto. Cualquiera de las humanidades estaría bien, se dijo en principio; pero terminó aceptando estudiar ingeniería metalúrgica. Allí conocería los inocentes y primerizos placeres del amor. En rápidas escapadas, bien justificadas con excusas razonables, le daba un beso a algún chico. Me lo contó sonrojada y sosteniendo al perro con un gesto leve de cohibición. Ya habíamos hablado de esto antes. Ella besaba sin enamorarse y se marchaba con culpa a su casa. No proyectaba ningún futuro junto a nadie. Solo anhelaba un beso para esa noche escribir un poema –de nuevo a escondidas– y despedirse de manera indolora de un breve amor. Otras veces había pasado que los hombres eran los que se pintaban un maravilloso futuro con ella.

—Se creen que yo les daré cielo y tierra. Otras veces, solo quieren comerme. Como me ven juiciosa, quieren entrar a mi casa casi que a la fuerza a presentarse como mis futuros esposos. Ahí en la entrada les he dejado todos los regalos.

Regresamos por la carrera veintidós. El andén tenía apenas el espacio suficiente para caminar en fila india y hablarle a la espalda de Mónica, que iba adelante con el perro gordo. Los buses y las motos parecían abalanzarse contra nosotros. Las ventas de enormes equipos de sonido, muebles, empanadas. Ella volvió al tema de Elisa Mújica.

—Le va a gustar la novela Catalina; hay entre líneas una pelea con Nietzsche.
—¿Y quién gana?
—El cristianismo. Elisa fue durante una época comunista, pero se convirtió a la Iglesia católica.
—No entiendo. ¿Cómo puede reivindicar la perspectiva de la mujer desde el catolicismo?
—No le diré, tiene que leerla; es bellísima.

Igual me contó un poco de la historia de Catalina. Una joven bumanguesa que se sabe diferente a todos los demás y, siendo un pueblo en el que nada sucede y las lenguas siempre están prestas a envenenar con el chisme, será sometida al silencio y expulsada de la vida social. Busca reemplazar la autoridad del padre por la de un esposo que le impedirá realizar sus deseos. Nunca puede confesar su verdad, porque otros le imponen lo que debe creer. Fracaso tras fracaso, busca refugio en los libros, y las tertulias, a manera de entretenimiento, desatan su condena. Esa historia de una mujer pensadora y transgresora pero que, en últimas, no es rebelde, sino que se resigna a las circunstancias opresivas, me recordó la historia de Mónica. Se lo dije.

—Sí; quizá por eso me gusta tanto. La vaina es que entonces Bucaramanga era un pueblo. Ahora, que es ciudad, sigue igual, no pasa nada; y nos tiramos a matar entre nosotros.

Los gigantes árboles de caucho hacían sombra para los motociclistas y los comerciantes que descansan y discuten en las bancas. Un grupo de prostitutas alimentaba a una ardilla. Llegamos al parque Antonia Santos, y Mónica señaló el busto de bronce de la mujer que da nombre al parque.

—Es el único monumento en Bucaramanga que recuerda a una mujer. Fue guerrillera. Y aun así aquí ganó el No en el plebiscito del año pasado. No existe ese dizque orgullo combativo del santandereano. Existió, pero Elisa Mújica me ha enseñado a dudar de él. El resto de monumentos son hombres. Por aquí por el centro: Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander, Aquileo Parra, Custodio García Rovira, Eloy Valenzuela, José Vicente Concha, Aurelio Martínez Mutis y esa ambigua figura que conocemos como Los Fundadores, que parece acusar a los indígenas de asesinos. Por la carrera 27: Benjamín Herrera, Gabriel Turbay, Luis Antonio Galán y otro Bolívar a caballo. Por Cabecera: el general San Martín y la parejita de Francisco Romero y David Puyana. También, por allá por el Batallón, está Antonio Ricaurte; en el parque de San Francisco, José Camacho Carreño; por la quince, un tal Arturo Regueros Peralta.

—No sé quiénes son —confesé.
—Casi nadie sabe. La mayoría son militares que combatieron por la Independencia o atizadores de odios entre conservadores y liberales. Aunque pocos les paren bolas, igual marcan unas coordenadas para la identidad de la región. En mi opinión, muchos deberían desaparecer, no nos dicen nada, no nos aportan nada. Y podemos dejar espacio a personajes que no sean racistas, clasistas, machistas. ¿Dónde está la estatua de Elisa Mújica? ¡Hizo más con una pluma que con un fusil!

Ver a Mónica arder en rabia por las estatuas de la ciudad fue una imagen que me contrastaba con su resignación a la violenta autoridad paternal. Había logrado subvertirla encontrando la manera de volver a la lectura y la escritura, siempre de manera oculta. Permaneció dos años sin libro alguno, olvidó los versos que sonaban efímeros en su mente, incapaz de anotarlos, hasta que en la universidad pudo hacerse su guarida. Los enormes libros de ingeniería le servían para disimular los pequeños libros prohibidos de poesía y cuentos que conseguía a la salida de las clases. Permanecía en salones vacíos para leer. Algunas amigas le guardaban lo que tuviera que ocultar. Su rebeldía no era la de los capuchos que lanzaban papas bomba. Su desobediencia era inmóvil, invisible. Quizá por eso se irritaba tanto al ver aquellas estatuas, alrededor de las cuales juegan los niños, fuman los viejos, descansan las señoras, venden café los ambulantes. Pero ella enfurecía ante tanta docilidad, tanta resignación a un destino indigno; toda la sumisión que veía congelada en esas estatuas.

Entonces recordé:

—Hay más mujeres en la ciudad: la gorda de Botero en el parque San Pío y las guardianas del Palacio de Justicia.
—Las Cariátides de la Justicia, se llaman. ¿Y es que las mujeres solo sirven de adorno? Las Cariátides eran el adorno del Palacio de Justicia en la capital, hasta que el Bogotazo lo destruyó casi todo. Las estatuas sobrevivieron y llegaron a Bucaramanga como un adorno de segunda mano. De la gorda no me hable; es una vergüenza, un robo.

Nunca me había detenido a enumerar las presencias inmortalizadas en los monumentos de la ciudad. De hecho, no nos detuvimos. Seguíamos caminando, y el perro escurría la lengua fuera del hocico. Deshacíamos el camino bajando por el Paseo del Comercio. Cada vez que veía a Mónica compartíamos lecturas y discutíamos las ideas a las que recién habíamos llegado. No era normal que nos viéramos con regularidad. Sin embargo, una semana después nos encontraríamos. Antes de despedirnos esa tarde, me prestó la novela de Elisa Mújica, y me dijo:

—Fíjese en la diferencia de las mujeres de ese entonces y las de ahora; y me cuenta.

***

La primera vez que vi a Mónica no charlamos. Estábamos en la Casa del Libro Total. Todas sus compañeras estaban iniciando sus carreras técnicas o profesionales, menos ella, desocupada como resultado de una discusión con su padre. Él no la quería en una universidad pública, ella no se veía en otro lugar. Hizo algunos cursos de corta duración, y, en su tiempo libre, que era abundante, se escabullía en los recitales o exposiciones de la Casa del Libro.

Yo, sentado en una silla plástica, escuchaba las canciones de Pablus Gallinazus. Cantaba ebrio con el tono nostálgico de las batallas libradas que aún no se confiesan fracaso. Una juventud vanidosa, un mundo de horror inalterable, una guerrilla incapaz. Entre cada tema, soltaba algún chiste verde o comentario sugestivo o verso satírico, bebía a pico de botella un vino y seguía con sus alabanzas al placer y al arte.

Sonó un estrépito. Una silla se había roto. El público se agitaba en movimientos de incomodidad y rumores. Entonces la vi. Corría entre las columnas y los asientos para burlar a su padre que la perseguía para sacarla a empujones. La agarraba, y ella se deslizaba. Él maldecía a gritos. No quería volverla a encontrar en ese lugar. Por el amor de Dios, una mujer decente no podía estar ahí. Ella corría riendo. Hasta que el padre la detuvo de un patadón que la dejó privada en el suelo. Los demás observábamos eso como si fuese parte del espectáculo y –como siempre– no hicimos nada. Ese silencio legitima la violencia.


***

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Regresé al parque García Rovira con la novela leída. Hace cinco años conocía a Mónica y nunca nos habíamos tuteado. ¿Qué significaba eso? Hablamos por primera vez luego de un recital de poesía en la Casa del Libro Total, poco después del concierto de Pablus Gallinazus. Cada tanto yo le escribía un correo electrónico, a manera de carta, porque ambos evitamos el chat de las redes sociales. Ella compartía unos versos a los arreboles santandereanos y a las montañas. Poco a poco tuvo un cambio. Su poesía no habitaba ya en la naturaleza. Había madurado una voz escéptica y un ritmo violento. Allí estaba sentada, con sus veintiún años, junto a su perro obeso, con cara de tristeza.

—Mi padre volvió a quemarme mis cuadernos —dijo y lloró.

Esta vez deambulamos entre las tiendas de libros viejos debajo de la quince. Quizá ese ambiente la reanimara. Su padre insistía en que Mónica se quitaría la vida, como su primo lo había hecho, por leer.

—La mitad de mis compañeras quedan embarazadas o fuman marihuana. Yo no quiero eso para mí. ¿Vio?, a eso me refería con la diferencia de generaciones. Nuestras madres se resignaron a lo que les tocó. Mi madre deja que Víctor haga y deshaga. Yo no. ¿Leyó Catalina? Yo no quiero repetir eso. La palabra es riesgo. Para poder vivir me toca tomar riesgos. Llevo un par de meses trabajando para Nielsen, hago estudios de mercado, ya me averigüé unas habitaciones en arriendo, baratas, cerca de la universidad. No, nadie en mi familia conoce el plan. Les digo cualquier cosa, creen que estoy en un laboratorio extracurricular y en un grupo de investigación en metales; y ¿eso a mí qué me importa? Yo no les cuento mi vida, para qué si ni me permiten vivirla.

Mónica tomó la novela de Mújica de mis manos y jaló la correa del perro para que no se orinara en una pila de libros.

—Mejor vámonos, no podemos entrar con Mórdor.

Regresamos al parque.

—Mentí. Usted no puede ser la repetición de Catalina. Ella se reprime y queda muda, no confía en las mujeres por chismosas y a los hombres no les dice la verdad, solo las complacencias que ellos desean oír.
—Por eso. Soy Catalina. Nunca quise ser ingeniera ni trabajar en estudios de mercado. ¡Solo complacencias!
—Usted me dejó pensando en los hombres de las estatuas. El hombre santandereano. Ahí en la novela sale. El esposo de Catalina grita hurras a la revolución, proclama las ideas de José Martí, de Simón Bolívar, de Rafael Uribe Uribe. También uno de sus pretendientes alaba a Nietzsche. Pero ambos son unos farsantes. Solo enredan y repiten frases para conseguir negocios y mujeres. Ninguna inteligencia ni valentía tienen. ¡Son unos farsantes!
—¡Ese es mi papá!
—¿Su papá también es un farsante?
—No, no, que ahí viene mi papá, y viene bravo. Váyase rápido, antes de que lo casque a usted también. Y llévese el libro; luego me lo devuelve.

Desde entonces me la encontré en la calle unas tres o cuatro veces. No aceptó el libro de regreso. Siempre mantuvo la mirada indiferente a mi saludo. Sostenía con firmeza la correa del perro y caminó de largo.


FIN
(Cuento publicado en el libro: Mardoquea, Ana (2019) El miedo tiene los ojos grandes. Ediciones Universidad de Santander, colección generación del bicentenario, Bucaramanga.)

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domingo, 7 de abril de 2019

¿Tu felicidad es una mentira? Cuervo Rojo, Punk contra tu felicidad

Hace un año que quería mostrarles las ilustraciones que hice para la banda Cuervo Rojo, punk rock bogotano. Una alegría hacer parte de este proyecto con la portada y la contraportada del disco, además de un cómic que encontrarán como un librillo dentro del álbum. ¿Alguna vez han cuestionado la felicidad con la que viven? Caminamos creyendo que nuestras vidas son perfectas, pero todo está hecho de mierda y sangre. Cuervo Rojo no deja nada intacto en sus letras. Inquietud y rabia para tomarnos la dignidad a dos manos. 


Les dejo las ilustraciones y el cómic, basado en las letras de las canciones de Cuervo Rojo.

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VISITA LOS OTROS INVENTOS DE ANA MARDOQUEA:
Lee las primeras páginas del cómic sobre la desaparición forzada que está en preventa, Ausencio.

¿Por qué matar? La religión, el amor y la muerte según Hemingway.

Los rostros de Suramérica. Dibujos de un viaje mochilero.

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domingo, 13 de enero de 2019

Diario de viaje: anécdotas y dibujos de un mochilero



EL VIAJE

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1.
‒¡Cuzco, Cuzco, directo Cuzco!
‒¡Copacabana, Puno, Cuzco! ¡Sale en quince!

Todo parece ya dicho. Todo parece ya hecho. Y aún así falta algo.
¿Qué es ese “algo”?

‒¡Pasajeros a Sucre, compuerta cinco!

¿Algo que perdimos? ¿Un dios, un amor, una galleta?

‒ ¡Anticuchos de pollo, anticuchos!

‒Ese es mi colectivo, Ana ¿Te venís conmigo a Sucre?
‒Tú vas de turista, ese no es mi viaje. Fue lindo conocerte.

Salí de viaje por Suramérica para buscar ese “algo”. No creo que este pedazo de continente sea mágico ni nada por el estilo, pero es una opción barata y ya me conozco las mañas de sus gentes.

‒¿Adónde vas entonces? ¿Te quedás en La Paz?
‒No sé, ya me cansé de esta ciudad.
‒Lanzá una moneda.

En verdad que estaba harta del veneno de mi familia en Bogotá. Mejor buscar dónde montar mi propio rancho,  cualquier lugar, Ecuador o Bolivia, donde sea, mientras más lejos mejor.

‒No me funciona ese truco, tampoco los dados.
‒Ya me tengo que ir ¿Qué harás vos?
‒Preguntaré a ese viejo de allá dónde nació y voy para allá. Tú, apúrate, toma lindas fotos para mostrar a los del trabajo cuando regreses a Buenos Aires.
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2.
No hace falta la ruleta rusa para jugar con la muerte, basta la filosofía.
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3.
He renunciado a los honores y placeres más básicos. Renuncié a las charlas con amistades queridas. Renuncié a la cercanía de mi familia. A una biblioteca y a un guardarropa. A ciudades habitadas por mis recuerdos y nostalgias. A la comida y al amor que sostenían mis fuerzas. A un lugar vistoso entre un circulo de conocidos, al pequeño escenario donde me engrandecía con los aplausos, que ahora suenan como los golpecitos del paso de los insectos en las paredes. Renuncié a que una mano ajena pintara los paisajes de mi libertad, ahora soy yo la que elige sus propias cadenas. A repetir el pasado, también renuncié al futuro. A los fantasmas que invadían mi reflejo en el espejo. Renuncié al espejo. También a ahorrarme errores. A mi propia cama y techo, que quizá, ahora lo veo, nunca fueron míos. Por eso me llaman desprendida. Me gritan valiente y desagradecida porque expongo mi carne a los vientos del mundo. Salgo blandiendo mis ambiciones para descubrir que soy una nadie, que todos mis logros pasados son aire, que a duras penas cargo con una identidad que a nadie interesa ya. Soy una ingenua arrojada en medio de la vileza humana y allí, preservando su inocencia, arriesga su pellejo para adaptarse a la infamia.
Y quizá, como no era mío, no renuncié a nada.
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4.
Es mentira que las personas más sensibles son los artistas; son los ladrones.
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5.
¿Por qué acusarnos en vez de poner un ladrillo en el edificio que el otro está haciendo de sí mismo? Si se atreven a nombrarme, díganme cristiana. Un engendro de cristiana. Los inescrupulosos señalan la incoherencia ajena sin encontrar la vergüenza en sus propias acciones. Lo dicen como si una santa se hiciera de la noche a la mañana, como si mis convicciones invadieran de inmediato cada rincón de mi cuerpo. La conversión es lenta, es una exploración. Si quieres agradar a tu rebaño, cómprate un manual de cómo repetir a los demás. Aferrarse a estas recetas te traerá pesadillas. Hay que apostar por crear ideas que respiren. No, no es renunciar ni ceder a la crueldad del mundo, es canibalizar tradiciones que andan en la misma búsqueda. Mantenerse en la figura del explorador, del aprendiz eterno, del caminante, del buzo, para mantener abierta la construcción de formas de vivir. Y es que en eso andamos todos, buscando la vida desde unos principios.
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6.
El dolor es la fisura en lo infinito
Ahí anida el ser humano.

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7.
Llevo la rabia contenida, la libido escondida, el amor en suspenso, el miedo en la cuerda floja y la misma camisa hace una semana. El viajero no tiene ninguna grandeza ni valentía especial. 
En todas partes la vida de hombres y mujeres es la misma: un esfuerzo plagado de sufrimientos y alegrías que nada tiene de extraordinario. En cada esquina del mundo la gente trabaja, come, duerme, caga. Trabaja en lo que puede. Come lo que hay. Duerme donde lo tumbe el cansancio. Cada uno lleva a cabo la rutina que se ha creado en el esfuerzo por darle sentido a sus días. Este sentido, sin embargo, no tiene nada de trascendente. No hay maravilla. No es más que el transcurso indefenso de la cotidianidad. El viajero no escapará de la condición humana. 
La rutina del viajero es visitar las rutinas de los otros. Por unos días hace parte de una familia, un pueblo, un mercado. Por unos días observa y participa de los quehaceres diarios de las personas locales. El viajero es una mezcla entre espía y etnógrafo que es acogido por aquellos que anhelan una novedad en el tedio de sus vidas. 
Viajé porque la repetición hacía de mis jornadas un bloque incoloro. Al principio, el lunes no se parecía al martes, tampoco al siguiente lunes. Meses de viaje y la novedad se hizo el nuevo tedio. Una ciudad en Ecuador era igual a una en Bolivia. El impresionante salar de Uyuni dejó de ser impresionante, así que seguí de largo. Caminar y caminar. Preocuparme por buscar dónde dormir y qué comer, una y otra vez, las mismas conversaciones en los hostales, los viajeros con las mismas ideas, los locales insistiendo con las mismas preguntas. La soledad amontonaba el tedio: si no había nadie para comentar las pequeñas rarezas del camino, la sorpresa se anulaba. Los paisajes de un continente fueron como andar un eterno pasillo sin puertas ni ventanas.
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8.
‒¿Me prestas tu encendedor para cocinarme el desayuno?
‒Claro, y me despido de una vez, voy a la biblioteca, así que deja el encendedor en el placard, junto a mis camisas.
No, no haré eso, llévatelo ¿y si quieres fumar?


(Esta última frase es amor)


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9.
Paula llora sobre el plato de sopa instantánea. Ella es la reencarnación de Juan Rulfo. Su cuerpo arde y duele. Se esfuerza en cada cucharada. Toma un poco y tumba su cabeza a un lado, sobre la mesa. Que ojalá fuera una mesa y no unas tablas viejas que reciclamos de la calle. Si no fuera por las sillas que tomamos sin permiso, estaríamos en el suelo, en una habitación desnuda.  No quiero verla sufrir, soy impotente como mi madre lo fue con mis propios males. Paula llora porque se siente inservible: un cuerpo que no puede hacer nada por sí mismo, paralizado por el dolor y la fiebre. Frente al plato de sopa, ella observa el vapor en la cuchara. Recuerda que, siendo una niña, escuchó los gritos de su abuela pidiendo morir en la cama del hospital.
Paula intenta dormir con un tubo de pasta dental en la cabeza, dice que está frío, funcionará para bajarle la fiebre. Pide que pasemos la noche con la luz encendida: “si no, voy a desesperar”. Me trepo a la cama de arriba y escucho sus gemidos de dolor abajo y el chorro del paño escurrido en la olla. Dos o tres mosquitos en el suelo de madera que lavamos con vinagre. En la esquina un paquete vacío de galletas Don Satur. En la pared cuelga el collar de piedras semipreciosas que regalaron a Paula y sólo utilizó por dos días.
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10.
El peregrino viajó años rumiando sus preguntas: cuál es el sentido de la vida, cuál la moral verdadera, qué debo comer y vestir, cómo debo amar. Caminó hacia la montaña alta donde se decía que encontraría al gran sabio, al mismo Dios. Lo que encontró fue el silencio de un cadáver crucificado. Ha llegado muy tarde. El silencio de Dios es la única respuesta a todas nuestras oraciones.
Cuando levantamos la mirada y confrontamos a Jesús en la cruz, contemplamos el vacío, la ausencia de un sentido absoluto, de una respuesta única.
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11.
Días después de la despedida, ella me dijo “Todo sigue sin ti”.
Regresé a casa: hoy quiero que sea igual que ayer y que mañana se repita. 





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