lunes, 15 de junio de 2015

AUSENCIO, el cuento infantil sobre la guerra.


Una noche de abril mi esposo no regresó. Ausencio no es un hombre de cantinas, sino un trabajador y un padre comprometido. Esa noche me prohibieron gritar su nombre, así que el silencio se posó sobre mi casa como un gallinazo vigilante. Hubo que esperar al día para buscarlo.
  


A la madrugada, mi mamá me despierta para que la ayude a buscar a papá. No lo encontré en su café que se tomaba todas las mañanas, ni escondido entre las arrugas de la abuela. A veces se me esconde detrás de una puerta o un árbol para asustarme, luego me levanta en sus brazos y mamá lo regaña porque no quiere que ensucie mi vestido con la tierra que trae del campo. Papá suele llegar a casa con limones y papayas. Los días que trae yuca viene hecho una bola de tierra que me corretea por todo el patio de la casa. Pero hoy en todo el día no lo he encontrado. Lo busco hasta que, al fin, lo encuentro muy muy quieto…dentro de una foto, en mi habitación.





Tres días después y sin saber nada de Ausencio, nos vamos al río con mi hija Luz a lavar ropa. Ella me ayuda restregando una camisa de su padre, mientras yo me pierdo en mis pensamientos, empapados de incertidumbre y dolor ¿Por qué mi marido es con el que tienen que avisar que las cosas en el pueblo no seguirán siendo iguales? Desde la desaparición de Ausencio, el pueblo entero tiembla y cualquier viento que sacuda las hojas de los árboles nos parece una amenaza de muerte. Me hundo preguntándome dónde estará Ausencio, cuando de pronto Luz me grita que había encontrado algo de su papá, una piedra.

Los gritos de papá son piedras, pero nunca nos gritó ni a mamá ni a mí. A nosotras nos enseñaba refranes y canciones. Una vez lo vi hablando solo, diciendo “¡Ay San Isidro Labrador! ¡Quita el agua y pon el sol!”. Le pregunté con quién hablaba y me respondió que pedía a los cielos bendiciones para nuestros campos. Sus gritos los lanzaba contra las Sombras que venían a aplastarnos, esa gente mala de uniforme oscuro.  En ocasiones, esa gente llegaba como nubes de penumbra y el sol de mediodía comenzaba a ocultarse detrás de su crueldad. Papá siempre fue un líder que defendía a la gente de por aquí, así que nunca dejó que las Sombras entraran al pueblo. Levantaba su voz para que la gente del pueblo ahuyentara esos espantos. Me guardé esa piedra como un buen recuerdo de papá, la llevaré conmigo a todas partes.




Luego de extender la ropa en el patio y dejar a Luz en casa con su abuela, salgo a la tienda de don Clemente a buscar noticias. Quizá Lucecita tenga razón y esa piedra pueda ayudarnos en la búsqueda de Ausencio ¡Ay Ausencio! ¿Por qué no aparece de una vez con la yuca y el arroz para la cena de hoy?

En la tienda me encuentro con Clemente, Eugenio y Sergio. Todos me saludan:

—Buenas tardes, Julia.

—¿Ya vio los panfletos que están circulando por todo el pueblo?— me pregunta don Clemente detrás del mostrador y Eugenio responde por mi diciendo:

—¿Cómo no los ha visto? Esos papeles vienen anunciando la muerte para todos en este pueblo, sin prometernos resurrección ni nada.

—Es una lista negra con todos nuestros nombres en ella— me dice Sergio, un hombre de cabeza fría, ahora poseído por la tristeza—. Nos quieren lejos de nuestras casas…o muertos.

—¿Quién trajo la muerte a este pueblo?— Eugenio grita irritado y luego lanza una mirada de sospecha sobre don Clemente diciendo —¡Alguien tuvo que llamarla!

—¡Eugenio!—le reprocho—Respete a Clemente que él es amable con todos aquí, incluso ha llegado a fiarnos en momentos duros para nuestras familias.

—Además—repone Sergio en un suspiro— todos nuestros nombres están en la lista…estamos destinados al olvido.

—¡No invente cuentos!— grita Eugenio, cada vez más desesperado— ¡Hay que matar primero al que nos quiere matar!

—Vaya usted, tranquilito— dice Clemente—, que yo no quiero ensuciarme las manos de sangre.

Y con la rabia contenida en sus ojos, Eugenio dice:

—¿Qué hacemos entonces? ¿Ah?

—Pues irnos de aquí— suspira de nuevo Sergio.

El silencio que ha dejado esta conversación es interrumpido por la puerta que se abre de golpe. Un hombre delgado entra en silencio, nadie lo conoce. Todos contemplamos al extraño que atraviesa la tienda hasta llegar junto a una caneca. Quizá del miedo don Clemente no dice su usual “A la orden, ¿qué se le ofrece?”, pero da igual porque el extraño no viene a comprar nada.

—¡Tranquilos! No se preocupen— exclama el extraño— sólo vengo a tirar esta basura.

Y, de hecho, tiene una bolsa en la mano que arroja en la caneca. El extraño es joven, con un enorme maletín a la espalda del que cuelgan unos palos, tiene unas botas viejas y pocos modales para irrumpir en la tienda así. Más en un momento de zozobra como este.

—¿Qué es eso?— le pregunta Clemente refiriéndose a la basura que el extraño ha tirado.

—Es mi dignidad.

El extraño se dirige lento hacia la salida, hasta que Eugenio lo intercepta, gritándole:

—¡¿Para dónde va usted?!

-—Pues a pasar la noche, ya es tarde.

—¿Y quién lo invitó a este pueblo? No se me hace familiar.

—Duermo en las residencias de doña Flor. No vengo de visita familiar, tengo otras razones para estar aquí.

—¿Y se podría saber cuáles son esas razones?

—Señores, se me hace tarde, debo irme.

El extraño sale dejando la puerta abierta. La noche es profunda y fría, y la luz amarilla de la tienda sólo ilumina un pedazo de la oscura calle en la que se ha perdido el extraño.

—¡A nadie engaña éste asesino!— grita Eugenio.

—¿Si vieron sus cuchillos?— pregunta Sergio con los ojos salidos del susto.

—¡Ay! ¡Ya vienen ustedes con pendejadas!— interrumpo yo— Es un simple viajero y esos son simples palos.

—Julia tiene razón— don Clemente me apoya—, no podemos cargarle la culpa así no más.

—¿Y quién más sino un asesino pierde su dignidad así?— inquiere Eugenio.

—¿Cuántas cervezas se han tomado hoy? ¡Sólo dicen tonterías! Mejor dejen en paz a ese joven.

—¡Ese hombre es un asesino!— grita Eugenio con rabia.

—¡Ya le mataron a su esposo!— me escupe Sergio— Y usted, Julia, ¿no se preocupa?

Ante esa acusación no respondo ni una palabra. Todos quedan igualmente en silencio y yo me regreso a casa sin despedirme. Cruzo la noche, no sin miedo, pensando en Ausencio.


Las noches sin papá son más largas. Han pasado casi dos meses buscándolo debajo de cada piedra y sólo encuentro culebras. Así de largas como culebras son las noches, que lentas arrastran su barriga hasta el amanecer. Pero el sol ya tampoco es una buena noticia, pues han amanecido perros con el pescuezo cortado cerca de nuestra casa y ya han desaparecido a otros tres señores. Cada noche, tras las ventanas, veo pasar a las Sombras cargando sus fusiles y, a veces, después de un tiroteo, escucho una música de guitarra, muy bonita, que me hace pensar en papá. Me agarro a su recuerdo porque es lo único que tengo de él. Esta piedra es lo que yo más quiero porque guarda un poco del calor que él traía a nuestro hogar.



Ante el terror, el sacerdote decide hacer una misa por la paz. A Lucecita le gustan los domingos porque el sol brilla con más fuerza, pero hoy camina con los pies pegados al piso pues el cielo lluvioso augura más Sombras. Mi hija se sienta distraída en el banco de la iglesia y escuchamos juntas las palabras del sacerdote. Nos cuenta que la violencia se detiene con el perdón y que sólo la gracia de Dios puede darnos el poder de perdonar. Veo a mi hija jugar con la piedra que le recuerda a su padre y al sacerdote agitando las manos en el aire. Pienso que Ausencio estaría jugando con Luz, yo los regañaría con la mirada para que presten atención al cura. Toda la congregación está atento a la palabra de Dios hasta que Eugenio se para gritando:

—¡Disculpe, señor cura! No lo puedo dejar hablar más de esos imposibles. No creo ser el único incapaz de perdonar toda esta violencia que nos han sembrado, son meses ya de pesadillas.

Sergio también daña la homilía con otro grito:

—¡Y en la posada de doña Flor duerme un extraño! ¡Es un infiltrado, un informante! No podemos permitir más violencia.

A la salida de la eucaristía, terminada rápido por los gritos de uno y de otro, me encuentro con Flor, que me dice que ha orado todas las noches, pidiendo calma para todos nosotros y que su inquilino es un joven bueno que le ha ayudado en los quehaceres de la residencia. Confiesa que no sabe mucho de él, se llama Lutero y trabaja tallando instrumentos de cuerda, pero no sabe porqué se queda tanto tiempo en este pueblo. De pronto siento un tumulto que nos rodea de rumores y acusaciones. Encabezados por Sergio y Eugenio, muchos feligreses gritan e insultan a Flor. Ella comienza a llorar, yo agarro de la mano a mi hija y nos saco a las tres de allí, de esa locura que nos ha invadido.


Caminamos rápido con mamá y la señora Flor hasta llegar a la posada, una casona con muchas habitaciones que la señora Flor alquila para ganarse unos pesos después de la muerte de su marido. Nos sentamos en el solar, ellas hablan y yo juego entre los helechos y las flores, lanzando la piedra que me recuerda a papá. Entro a una habitación oscura, buscando una escoba para jugar, cuando una voz gruesa me detiene:

—¿Qué tienes ahí?

—Una piedra…un grito de mi papá hecho piedra... ¿y tú, quién eres? ¿Te escondes en lo oscuro para jugar al escondite conmigo?

—Soy Lutero, y, pues, sólo necesito la luz de esta vela para tocar mis instrumentos.

—¡Eres el extraño!

—¿Así me dicen?

—Dicen que eres cruel y asesino, pero mi mamá no les cree.

—¿Y tú? ¿Les crees?

Del susto no respondo nada. Su habitación está repleta de objetos raros y sombras que bailan con la luz de la vela. Hay una guitarra que parece hecha de huesos. Quizá lo que dicen de él es cierto. De repente, Lutero me quita la piedra de las manos.

—¡Dámela! ¡Es mía! ¡Es lo único que tengo de papá!

—Regálamela, la necesito.

—¡Ni conociste a mi papá! ¡Ladrón!

Cuando me la devolvió salí corriendo de esa habitación horrible.



Por juntarme con Flor la gente del pueblo ya no me cree nada, pero yo les digo que si no van a ayudar en la búsqueda de mi esposo, mejor no estorben. Ausencio lleva ya meses de desaparecido y la gente vive como si él no hubiese existido. Yo, que no me asusto, he decidido llevar su foto a los pueblos vecinos, a ver si por allá alguien lo ha visto. Regreso sin noticias. Debajo de la puerta de mi casa me encuentro un papel en el que está escrito que si sigo buscando a Ausencio, toda mi vida se hará oscura porque las Sombras visitarán mi familia. ¿Y qué es la muerte sino una oscuridad que amenaza con devorarlo a uno? Corro con mi angustia hacia la tienda de Clemente, él está en la entrada conversando con otros hombres, le muestro el papel y me dice, Julia, el pasado hay que olvidarlo, mejor piense en su futuro, en el futuro de Lucecita. ¡Eso sería una traición a mi familia!

Luego de eso, la tristeza me empantana el alma por días enteros, mientras veo cómo las Sombras comienzan a gobernar el pueblo. Ellos entregan miedo como si fuese pan y reparten órdenes con sus fusiles. Pero el recuerdo de Ausencio no me suelta, ni a machetazos me lo quitan ¿Acaso Ausencio no trabajó siempre por nosotras? ¿Cómo voy a dejar que desaparezca así? 

Comienzo de nuevo a buscarlo día y noche, hasta que una tarde unos hombres me suben a una camioneta, me tapan los ojos pero yo sé que hemos entrado a un cuartel. En una habitación sin luz, me amarran a una silla y no veo ningún rostro, sólo Sombras que me escupen y me insultan. Una Sombra se me acerca diciéndome que han recolectado todas las fotos de Ausencio que yo repartí, luego pone frente a mí todos esos papeles con el rostro de mi marido, los quema y me grita: ¡Usted jamás tuvo marido! Luego de unas horas así, me sueltan bajo la amenaza de que esto sólo ha sido un susto. Me dicen que más vale que crea que Ausencio fue un criminal, ¡que crea esa mentira me dicen los infames! Si llego a hablar con verdad, debo prepararme porque la próxima no dudarán en hacerme algo de verdad serio. Las Sombras desaparecen a los familiares de los desaparecidos, pero si desaparecen a mi familia también tendrán que desaparecer a todos nuestros amigos y vecinos. Incluso, para no dejar ningún testigo mejor que arrastren con el pueblo entero, si es lo que quieren, y de paso a nuestro amigos y familiares en otros pueblos ¿Será que no se han dado cuenta que van a acabar con todo el mundo? Llego a casa con la luna, a llorar el resto de la noche.



Ya sé que la música que oigo luego de los tiroteos es de Lutero. Las Sombras han prohibido que la gente salga a la calle durante la noche y lo único que camina por ahí a esas horas es la música de Lutero. Se escuchan unos balazos que se pierden en el silencio y luego los acordes de una guitarra ¿Esa música será una señal para las Sombras? ¿Lutero será su cómplice?

Con mamá hemos visitado varias veces a Flor, yo me escondo entre los helechos y espío a Lutero a través de su puerta entreabierta. Se dedica a construir instrumentos musicales, veo cómo teje las cuerdas y lija la madera, luego prueba la guitarra o el tiple con unas canciones muy bonitas. Pero en su cara no se le ve satisfecho con lo que hace, parece faltarle algo. Un par de veces me ha descubierto espiándolo, siempre me pide la piedra que llevo para cargar a mi papá a todas partes, y yo salgo corriendo, asustada de ese hombre tan extraño. Aún no entiendo qué está haciendo en nuestro pueblo, eso me hace pensar en lo peor, aunque su música de verdad que es bonita.


Mi mamá está pálida, ha perdido su color porque no puede esconderse del miedo. Ella duerme con un ojo abierto, yo la veo angustiada y me le meto a la cama, le digo que papá nos cuida, que no se preocupe. Yo sé que lo que atormenta a mamá es que venga una Sombra por nosotras. Yo misma me he imaginado cómo la puerta se abre de un golpe, entra un olor a pólvora y entonces sólo Dios podrá protegernos. 

De pronto, un disparo y el ruido de unas botas acercándose a nuestra puerta. Los brazos de mamá me estrujan, sus ojos desorbitados quieren llorar pero sabemos que no podemos soltar ni un suspiro. El silencio de la noche nos arranca la oración de la boca. Yo me aferro a la piedra y pienso en papá. Se escucha la puerta siendo forzada, también se escucha, a lo lejos, el canto de la guitarra de Lutero. Pronto, las Sombras se marchan como espantadas por la música. A nosotras nos entró la calma en un respiro. Guarnecidas por los acordes de una extraña guitarra, pasamos la noche mamá y yo. Ella me dice que Lutero es un buen hombre.


Ya nadie recuerda nada en este pueblo. Salí a pedirle ayuda a las esposas de los otros desaparecidos y nada quieren saber de sus hombres. Sus hijos dicen que sus padres los abandonaron de pequeños e incluso el cura predica a favor de las Sombras. ¡Cuán convincentes son los fusiles! El temor les ha hecho traicionar su pasado, pero yo no obedeceré, por más que me insistan en que recuerde a Ausencio como un criminal, que dizque tuvo que salir huyendo del pueblo porque la ley ya le estaba pisando los talones. Eso andan diciendo. Nadie quiere recordarlo como uno de nuestros líderes, que ayudó a organizarnos para exigir nuestros derechos y hacer respetar nuestro trabajo; nadie quiere recordar cómo cuidaba de su familia, ni cómo compartía lo poco que teníamos con nuestros vecinos. Nunca fue un criminal para que vengan a decirme que olvide su nombre y mejor me preocupe de otros asuntos.

La única que me escucha mis historias sobre Ausencio es Flor. Hoy nos invitó a su residencia para ayudarle con un sancocho que piensa ofrecer luego de que la gente salga de su misa dominical. Ya nadie confía en Flor porque, todos en su locura, sospechan que ella tiene contacto con las Sombras y que su inquilino es uno de esos diablos. Así que ella decidió hacer una enorme comida para mostrar su cordialidad, pero sus dos manitas no son suficientes para tanta boca, entonces yo y mi hija ayudaremos. Al llegar a la residencia, veo que Lutero también está ayudando pelando las papas. Saludo a Flor y a Lutero, pero mi hija se esconde entre los helechos. Le digo que no le tema a Lutero y él llega ofreciéndole su guitarrita para que la niña juegue. Hay que cocinar rápido, la gente no tarda en llegar.



Lutero me enseña cómo tocar la guitarra mientras él sigue pelando papas y me pide que le cuente de mi padre. Mis dedos no saben muy bien lo que hacen con las cuerdas de la guitarrita, pero yo me siento cantando una canción sobre mi papá, sobre quién era y lo mucho que me hace falta. Lutero me dice que a eso dedica su vida, que por eso está en el pueblo. Yo no entiendo nada de sus palabras, yo sólo quiero cantarle a mi papá. Luego me explica: su oficio es buscar historias de gente como mi padre, hombres y mujeres que el olvido quiere tragar y él se encarga de recordarlos en sus canciones e instrumentos.

También me dice que sus instrumentos están hechos de recuerdos. Yo nunca había visto una guitarra tan extraña: su mástil está tallado con la fortaleza de una madre que por años buscó a su hijo; una cuerda está tejida con los argumentos de un abogado que defendía sólo a las víctimas y a los inocentes; otra cuerda está tejida con las convicciones de un líder que luchó por la paz… Bueno, y así. Lutero se extiende contándome historias de un pasado que se resiste a ser olvidado. Asegura que en cada una de sus canciones todas estas voces cantan, con sus sueños y esperanzas.

Le digo a Lucecita que se ponga a pelar papa también, pero ya todo el pueblo ha llegado a nuestra puerta. Por el ruido parece que no fue una misa muy calmada y que salieron alborotados. Abro la puerta y, sin saludar, entran en manada, soltando gritos y chillidos, vienen reclamándole a Flor que se largue del pueblo, ella y su inquilino, ese asesino que se dedica a hacer instrumentos de tortura. ¡Manada de locos estos! Trato de defender a Flor y a Lutero, pero que me largue también, me dicen, que no necesitan de mis lamentos y tristezas en este pueblo. Eugenio se para sobre una mesa, con sus alaridos pone más bravo a todo el mundo y comienza a decir que hay que obedecer a las Sombras para que estemos de nuevo en paz. Noto los rostros ennegrecidos de todos, como manchados por un carbón que también les ha teñido el alma, están poseídos por el olvido y la muerte. Las Sombras han entrado a sus almas.

Con todo este desorden ya tumbaron la olla del sancocho y veo cómo Sergio quiere arrebatarle a mi hija su piedra. El hombre acusa a la niña de ser colaboradora del mal, que esa piedra pertenece a los infiernos. Parece borracho diciendo tanta pendejada junta, pero toda esta gente en serio que quiere echarnos del pueblo. Temo que le hagan algo a mi Lucecita, voy a ayudarla pero unos brazos me agarran primero. Veo a mi hija llorar para que no le quiten el recuerdo de su padre. Flor está acorralada en una esquina, pero Lutero logra escabullirse entre los alborotados hasta llegar con Luz.



Lutero me dice que confíe en él y le entregue el recuerdo de mi padre. Eso hago. Él coloca la piedra en la punta de su guitarra, canta en medio de todo ese ruido y oscuridad que comenzaban a cubrir la casa de doña Flor. Al principio nadie lo escucha, pero dicen que la música domestica las bestias, así que el odio se va calmando. Eugenio sigue gritando insultos, con la cara ennegrecida de rabia y manoteando al aire con locura; grita que mi padre fue un criminal y embustero, que no era un alma de Dios a diferencia de todo el resto del pueblo. Frente a él, Lutero canta todas sus historias. Con eso se entabla un combate entre el olvido de Eugenio y las canciones de Lutero, en las que revive las historias que hace poco le conté sobre mi papá. Las palabras de Lutero son tan sólidas que golpean a los alborotados y tan bonitas que les quita esa mirada de demonios con que llegaron. El color negro en sus rostros se pierde y la presencia de mi papá se siente en el lugar. Con esa música que le canta, todos podemos respirar la vida de Ausencio. Los alborotados, ya calmados, sueltan a Flor y a mi mamá, arreglan el desorden mientras hablan sobre lo que juntos vivieron con Ausencio, recuerdan el trabajo en los campos y las comidas que compartieron con él. Gracias a Lutero, el olvido se ha marchado del pueblo y, ahora que tenemos la mirada hacia nuestro pasado, podemos seguir adelante.

Fin




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Mardoquea.



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